Lloró, como un niño y parecía que ese hombre tendido en el césped nunca había marcado un gol; lo había hecho 76 veces con su selección y más de 600 a lo largo de su carrera, pero hoy, en Qatar, hace apenas una horas, Robert Lewandowski, el Balón de Oro, uno de los tres mejores delanteros de la última década lloraba como un niño, era su primer gol en un Mundial que es algo así como La última cena en el fútbol o la mejor sinfonía de Chopin.

Y pienso en Chopin para evocar lo polaco y quizás, teniendo de fondo a uno de los Nocturnos del genio del romanticismo musical; Lewandowski no pudo contener la emoción, la suya y la de millones de polacos, la suya por marcar, días después que Guillermo Ochoa le atajara aquel penal, la de los millones de polacos, porque otra vez tienen motivos mas que suficientes para creer en su selección nacional.

Una generación dorada

Muchos comparan a esta generación de jugadores, Lewandowski, Zielinski, Milik, Bielik; con aquella de Grzegorz Lato y Zbigniew Boniek, la misma que obtuvo dos terceros lugares en Copas del Mundo, allá en 1974 en Alemania, luego en 1982 en España y si bien en Rusia, hace 4 años, esa esperanza se había esfumado, hoy frente a los saudíes volvió a renacer.

Y ante la mirada atenta de Hervé Renard, el francés que rige los hilos de Arabia Saudita, ante la mirada atenta de Renard, Lewandowski mostró su mejor versión, dio una asistencia a Zielinski al final, cuando el partido entraba en los últimos compases, tal como refiere Marca, el hombre del Barcelona rompió su maldición en los Mundiales.

El Mundial es algo diferente

Fue hermoso, verlo allí, tan inmenso y tan sencillo a la vez, humilde, dando quizás la mejor lección de grandeza, esa que cuenta que toda la gloria del mundo para un futbolista como Robert Lewandowski, esa gloria se puede resumir en el mero acto de anotar un gol en el Mundial.

Y está la Champions y la Eurocopa, pero eso sí, nada como un Mundial de Fútbol y con eso basta para entender  porque lloraba hoy Robert Lewandoswki.