No fue un golpe de mala suerte, no, fue quizás el último reto, la prueba final, la vida misma que le puso esa encrucijada a Lou Gehrig y el lo sintió así, de hecho, no pensó en la enfermedad, le habían pronosticado unos tres años de vida y fueron menos de dos, pero ese día, en el Yankee Stadium y en el mundo entero, se escucharon las palabras de uno de los grandes íconos del béisbol en todos los tiempos…se despedía un inmortal.

Un 4 de julio de 1939, con apenas 36 años, Gehrig decía adiós a su carrera profesional, luego de 17 años jugando al primer nivel, ganando seis títulos de Serie Mundial y dos MVP e implantando un legado sin precedentes, 2130 juegos jugados de manera consecutiva, la expresión cimera de constancia, entrega y amor por la camiseta.

Cuentan los cronistas de la época que hasta el propio Babe Ruth, némesis de Gehrig en aquellos años 20 y comienzos del 30, hasta Ruth lloró en aquella jornada, hace ya 83 años; lloró Ruth, lloró DiMaggio, Joe DiMaggio que ya había llegado a los Mulos, lloraron todos, desde el mismo instante en que Gehrig empezó a hablar y dijo que era el hombre más afortunado de la faz de la tierra.

Sesenta y seis años después

En 1995 todos aplaudieron y se emocionaron cuando Carl Ripken Jr batió el récord de juegos jugados de manera consecutiva de Lou Gehrig al arribar a 2131 partidos con la casaca de los Orioles de Baltimore y hasta el presidente William Clinton estaba allí, en el Camden Yards para ser testigo de una hazaña única, pues Ripken Jr terminaba con un legado de más de sesenta años en el béisbol, cuando el legendario Caballo de Hierro, Lou Gehrig implantó el registro anterior de 2130 juegos.

El tiempo transcurrido, el momento en que ocurría el suceso, nos daba la medida exacta de la personalidad de Lou Gehrig, nadie podía ser indiferente, solo palabras de elogio, respeto y mucho cariño por aquella mole humana que se erigió como estandarte de los llamados The Murderers Row o Fila de los Asesinos, como conocían a los Yankees de la década del 20, en particular aquel grupo de 1927, con Earle Combs, Mark Koenig, Babe Ruth, el propio Lou Gehrig, Bob Meusel y Tony Lazzeri.

El mejor homenaje

Todos estaban allí, en 1939, doce años después, vestidos con el mismo uniforme rindiéndole un merecido homenaje a Gehrig y todos lloraron, aplaudieron y hoy la sensación también es de querer llorar también, Lou Gehrig era un hombre muy grande, quizás, el primer gran símbolo del deporte en Estados Unidos y en el mundo.

El ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), el ELA lo devastó, pero su discurso hoy sigue siendo una de las reliquias sagradas del pasatiempo nacional americano, allí, con total humildad, sereno, agradeciendo a la vida, a sus compañeros, a la afición, a su familia, Gehrig le dio una lección al mundo de lo importante que es dejar una huella en los que te rodean.